Acto tercero
La misma decoración del acto primero. Es de noche, y hay sobre una mesa una lámpara encendida. En un rincón del fondo, a la izquierda y apoyada en el muro, se encuentra la escopeta indicada en el primer acto. La puerta y la ventana del fondo están cerradas. Cuando se abren, vese el exterior iluminado vivamente por la luz de la luna.
Escena 1: Pascual y Don Lorenzo
(El primero, de pie y meditabundo, en medio de la escena; el segundo, sentado a la derecha y luchando
con el sueño.)
DON LORENZO
¡Tengo un sueño! No está el vieco
para estos negocios. Tanto
van a hacer, si no se apuran,
que me van a hallar roncando
en la silla. Pascualín,
¿qué horas serán?
PASCUAL
Es temprano
todavía, son las nueve
más o menos.
DON LORENZO
En el campo,
a las nueve es media noche.
¿Qué harán esos condenados,
que no vuelven? Los caminos
están buenos; los caballos
que llevan, no son tan lerdos,
y con la luna, está claro
como de día... Yo haría
el viaque de aquí a Belgrano
con el carito y el moro,
en media hora...
(Observando que PASCUAL no le atiende.)
Mochacho,
¿te estás durmiendo también?
pues hay que aguantar, ¡qué diablo!
PASCUAL
¡No es sueño lo que yo tengo,
abuelo, es que estoy pensando
en tantas cosas!
DON LORENZO
¿Qué vas
a remediar para el caso
con esas cavilaciones?
Lo mecor es poner ancho
el lomo a la mala suerte,
y no pensar y decarlos.
PASCUAL
Qué quiere, ¡abuelo! no puedo.
No está en mí... ¡Si no me acabo
de convencer todavía
que ese hombre vil de tan bajos
procederes, puede entrar
en mi familia, y tengamos
que sufrirle el parentesco
sin derecho de negarlo!
Y sin embargo, ya ese hombre
no es en mi casa un extraño,
y a estas horas ya Leonor
sin duda se habrá casado.
DON LORENZO
A eso ha ido, y a menos
de suceder un milagro,
nadie sabría impedirlo.
PASCUAL
Usted lo ha visto; he luchado
hasta el último momento
por salvarla: ha sido en vano.
Ella misma se castiga
con ese hombre, y pronto acaso
la traerán aquí llorosa
pesares v desengaños.
Pero si bien el castigo
es justo y es necesario,
por tanto que nos ha hecho
sufrir a todos, hay algo
dentro de mí, que me duele
cuando la veo buscando
su desgracia, y en el fondo
de mis recuerdos lejanos,
miro marchar en silencio
tras el surco del arado
a mi noble y santa madre
con Leonor entre los brazos,
arrojando la semilla,
que era el pan de mis hermanos.
DON LORENZO
¡Eh! bastante se lo has dicho:
si le sucede algo malo,
de nadie será la culpa:
ella se lo habrá buscado.
¡Ay, Pascualín, pica fuerte
el amor a los treinta años!
(Sale MANUEL por el fondo.)
Escena 2: Pascual, Don Lorenzo y Manuel
PASCUAL
¿Vienen ya?
MANUEL
Me ha parecido.
Allá por atrás del tambo
se divisan unas luces;
han de ser ellos.
PASCUAL
Lo raro
sería que fuesen otros,
porque coches no hay cuidado
que se vean por aquí
a estas horas. Pronto vamos
a saberlo. No se duerma,
abuelo; dentro de un rato
estarán en casa. ¿Me oye?
(Observando que DON LORENZO no les escucha.)
No se duerma.
DON LORENZO
Ni pensarlo;
¡qué me he de dormir!
(Se acomoda en su silla, y se va amodorrando hasta que el sueño le vence. Un momento de silencio durante el cual MANUEL, indeciso y preocupado mira a PASCUAL como si quisiera decirle algo.)
PASCUAL
Si quieres
hablar conmigo...
(Le lleva a la izquierda.)
He notado
desde que entraste...
MANUEL
Es verdad,
don Pascual; venía a hablarlo.
(Con misterio, indicando con el gesto al abuelo.)
PASCUAL
No te oirá: no tengas miedo
por él. Como está cansado,
y es tan viejo, se ha dormido
el pobre... Puedes hablar.
MANUEL
Pues vea, sucede un caso
particular: a los perros
alguno les ha dao algo
con mala intención.
PASCUAL
¿Aquí?
MANUEL
Si no están envenenaos,
no sé qué le diga. El cuento
es que ahí están largo a largo,
tendidos en la tranquera,
y en las últimas. Temprano,
esta tarde, le aseguro,
no tenían nada extraño,
y cuando entraron los coches,
estaban buenos y sanos.
Si han comido algún veneno,
ha sido esta noche.
PASCUAL
(Caviloso.)
Es raro.
¿Y no has visto si andaba alguien?
MANUEL
No, señor; y lo que es rastros,
no hay ninguno. Pero vea,
aquí en esto anda una mano
que para mí no se esconde,
por más que haga.
PASCUAL
¿Y quién?
MANUEL
Ciriaco.
El solamente ha podido
arrimarse sin cuidado
de que le ladren los perros.
Y para hacer este daño
y usar de esta cobardía,
se necesita ser malo
como él y sinvergüenza,
como él.
PASCUAL
O estar borracho.
Porque esa crueldad no tiene
objeto.
MANUEL
Como lo echaron,
habrá querido vengarse
en los perros.
PASCUAL
O sacarlos
del medio, ¿no te parece?
MANUEL
En eso estaba pensando.
Puede ser que le estorbasen
a alguno, y le habrán pagado
para que limpie el camino.
El que se vende sin asco
a cualquiera, por diez pesos,
y anda trayendo y llevando,
es capaz de cualquier cosa.
PASCUAL
Es verdad; y en ese caso,
¿quién más que aquel miserable
se lo puede haber mandado?
¿Quién más que él con el propósito
de entrar en casa, y robarnos
a Rosa?
MANUEL
(Sombrío.)
¡Que Dios lo libre!
PASCUAL
Tal vez ahora el malvado
no está lejos de nosotros;
¡tal vez nos esté acechando,
seguro de que le basta
presentarse y ordenarlo,
para que Rosa lo siga,
como sigue el perro a su amo!
(Se pasea nervioso y airado.)
¡Es tan audaz! ¡A tal punto
ciega el orgullo insensato
a esos tenorios de oficio
que no han sido castigados!
Yo no olvido: no se borran
así no más el escarnio
y el insulto... lo que ha dicho
lo recuerdo, y se lo guardo.
(Oyese dentro, en el fondo, el ruido de los coches que llegan. ROSA viene enseguida por la izquierda.)
Escena 3: Pascual, Don Lorenzo, Manuel y Rosa
ROSA
Ahí están. ¡Pobre abuelito!
(Se acerca a él y lo toca.)
DON LORENZO
(Despertando con sobresalto.)
¡Eh! ¿qué es eso? Me he quedado
dormido. Lo que es ser vieco,
¡Sacramento! Hace diez años
todavía era yo otro hombre...
¡Las noches que me he pasado
espiando al negro Aniceto!
¿Se acuerdan? Aquel bellaco
que lo único que hacía
era cuidar el caballo,
y que me robaba siempre
para abastecer el rancho,
primero, porque era gringo,
y después porque era blanco.
¡Sacramento!
(Salen por el fondo DON PEDRO y los recién casados; y detrás de ellos ELIAS y CARLOS. MANUEL se retira al fondo, y se queda meditabundo.)
Escena 4: Pascual, Don Lorenzo, Rosa, Manuel, Don Pedro, Alejo, Leonor, Elías y Carlos
LEONOR
(Al salir, esquivando a ROSA, que se dirige a ella.)
No se aflijan
por nosotros, que nos vamos
enseguida.
ROSA
(¡Siempre mala!)
(Se retira tristemente hacia la izquierda.)
DON PEDRO
Yo hasta aquí los acompaño.
ELIAS
Sí, sí, nosotros iremos
hasta el chalet.
CARLOS
No hay cuidado
por eso, claro.
DON PEDRO
Y después ¿cómo vuelven?
ELIAS
Está a un paso:
en cualquiera de los coches.
CARLOS
Con ofrecerle un habano
al cochero...
DON LORENZO
Yo no iría.
Que se vayan por su lado
ellos. Meterse entre novios
no conviene.
PASCUAL
(Con intención.)
En este caso
tal vez les convenga, abuelo.
que da más sombra... o más fruta;
y hay algunos tan cargados
que con sólo abrir la boca
la reparten de regalo...
cuando no llegan primero,
y se la comen los pájaros,
que como pájaros suelen
ganar a muchos de mano.
(Se aproxima a MANUEL, y le habla aparte.)
LEONOR
(Bajo a ALEJO.)
Ya empiezan las groserías;
vámonos.
ALEJO
(Caviloso.)
(¡Si habrá otro gato!)
MANUEL
Me voy a dar una vuelta:
(Aparte a PASCUAL.)
esta noche no descanso
hasta saber...
PASCUAL
(Bajo.)
Y me avisas
enseguida: aquí te aguardo.
(¡Si fuera!...)
LEONOR
Vámonos. Pobre
abuelito...
(Se dirige a ellos para despedirse, MANUEL vase por el fondo, cerrando tras sí la puerta.)
Escena 5: Pascual, Don Lorenzo, Rosa, Don Pedro, Alejo, Leonor, Elías y Carlos
PASCUAL
(Interponiéndose vivamente.)
Los abrazos
vendrán luego. Por lo pronto,
y como hemos de encontrarnos
muy pocas veces después
de esta noche, es necesario
que hablemos de ciertas cosas,
como conviene, a cuñados
(Acentuando.)
que resuelven sus cuestiones
de interés:
(A ALEJO, con rudeza.)
Voy a ser franco
con usted.
LEONOR
No es el momento,
me parece; y si has pensado
herirnos...
PASCUAL
No te acalores;
no hay motivo para tanto.
Las cuestiones de familia
se discuten sin escándalo,
con mucha calma y prudencia.
(Mira a la izquierda, inquieto.)
Rosita, hay luz en tu cuarto,
y algo podría quemarse
con el viento que está entrando.
ROSA
Ay, es verdad; me he venido
apurada y no he cerrado
la ventana.
PASCUAL
(Ceñudo.)
¿Y quién la ha abierto?
ROSA
(Con sencillez.)
Yo, para mirar al patio.
(Vase por la izquierda. PASCUAL la sigue con la mirada, y luego se encara con ALEJO.)
Escena 6: Pascual, Don Lorenzo, Don Pedro, Alejo, Leonor, Elías y Carlos
PASCUAL
Creo cumplir un deber
poniendo en claro este asunto
el llanto sobre el difunto,
dicen, y así debe ser.
Son siempre muy enojosas
las cuestiones de dinero,
porque el amor verdadero
no se ocupa de estas cosas,
y al casarse con Leonor,
de fijo usted no lo ha hecho
para invocar un derecho
reñido con el amor.
Pero, como hay por ahí
malas lenguas que sostienen
lo contrario...
LEONOR
¿Y a qué vienen
tus historias?
ALEJO
¡Oh!, por mí...
PASCUAL
Muchas veces de un detalle
depende toda la vida,
y ante la duda sentida
no es justo que yo me calle.
Según dicen, es la herencia
de mi madre...
ALEJO
Yo protesto...
LEONOR
¿Y para que oigamos esto
nos detienes? ¡Qué insolencia!
PASCUAL
Leonor, tienes que excusarme:
será insolencia, o capricho,
pero hay dudas, ya lo he dicho,
y no soy hombre de andarme
con rodeos...
LEONOR
Lo que ganas
es hacerte despreciar.
PASCUAL
Ni de dejarme embaucar
por dar gusto a mis hermanas.
¿Qué le importa, al fin de todo
(Con creciente ironía.)
a él que tiene intenciones
tan puras? Si hay corazones
que se agitan en el lodo,
que han hecho de la codicia
el imán de sus deseos,
y sienten, como los reos,
el miedo de la justicia
otros hay envanecidos
de su nobleza y valor,
que no tienen más temor
que el de no ser comprendidos.
El suyo ¿es de los primeros,
o de los últimos? Vamos
a saberlo.
LEONOR
Es que no estamos
para oír...
(Se retira impaciente hacia el fondo.)
PASCUAL
Los chacareros,
gente positiva y ruda,
y curada de escarmientos,
no usamos de cumplimientos
cuando nos pincha una duda.
ALEJO
Pero esa duda no debe
existir... Yo me he casado
por amor, y nunca he dado
motivo.
PASCUAL
Cuando lo pruebe,
lo creeré. Será muy puro
su cariño, muy honrado,
pero yo soy desconfiado,
y deseo estar seguro.
ELIAS
Tiempo sobra: ya tendrás
ocasión...
CARLOS
Claro: no puedes
ahora...
PASCUAL
No es con ustedes;
es por él. Por lo demás,
es un caso de conciencia
para mí.
LEONOR
(Nerviosa.)
Pero, ¿hasta cuándo?...
PASCUAL
Calma, ya vamos llegando,
al final: tengan paciencia.
(Una pausa. ROSA vuelve a salir por la izquierda y se queda escuchando junto a la puerta.)
Escena 7: Pascual, Don Lorenzo, Don Pedro, Alejo, Leonor, Elías, Carlos y Rosa
PASCUAL
(A ALEJO.)
La primera reja de arado,
que removió estos terrenos,
que hoy son nuestros y no ajenos,
porque Dios nos ha ayudado,
la dio él, la dio este anciano
(Por DON LORENZO.)
que aún nos conserva el cielo:
él hizo fecundo suelo,
abrió el surco, y echó el grano.
Por su trabajo tenaz,
por su esfuerzo infatigable,
tuvo el hogar miserable,
contento, abundacia y paz.
LEONOR
(Aproximándose otra vez.)
Será muy lindo tu cuento
pero ahora, ¿quién soporta?
CARLOS
Es claro.
LEONOR
A nadie le importa.
DON LORENZO
(Inquietándose.)
Es que es verdad, ¡Sacramento!
PASCUAL
Cuando mi padre compró
la tierra, su eterno sueño,
y pudo llamarse dueño
de la casa en que nació,
hizo de aquella memoria,
y por cariño y respeto,
cumplió el anhelo secreto,
de mi madre que esté en gloria.
DON LORENZO
Era una santa muquer,
y me quería, y en fin,
hicos, no hay más, que Pedrín...
Le hice el gusto, ¿qué iba a hacer?
DON PEDRO
(Abstraído hasta entonces, ha ido interesándose poco a poco en lo que se habla.)
La pobre tuvo el consuelo
de verlo.
PASCUAL
Y tan es así,
que esta chacra, y todo aquí,
está a nombre del abuelo.
ELIAS
(Sin poder contenerse.)
No puede ser.
CARLOS
(Lo mismo)
Claro.
DON LORENZO
Cómo
que no puede ¡Sacramento!
CARLOS
Se me ha cortado el aliento,
(Bajo a ELIAS.)
¿y a ti?
ELIAS
(Lo mismo.)
Tengamos aplomo.
PASCUAL
(A ALEJO, que está cabizbajo.)
No vendrá a nuestro poder
la chacra por consiguiente,
sino en el orden siguiente
cuando llegue a suceder:
tiene que morir primero
nuestro abuelo el propietario,
y después es necesario
que se muera su heredero.
Es cosa de echarse atrás
el más heroico pariente
porque usted ve, tanta gente
no se muere así no más.
ALEJO
(¡Y para esto me he casado!)
LEONOR
¡Esa es otra grosería
como tuya!
PASCUAL
(Con sorna.)
Se diría
que el cuento no le ha gustado.
DON LORENZO
No es cuento: yo la firmé
la compra.
PASCUAL
Leonor no tiene
nada. Conque, si usted viene
por herencias, échele
un galgo al caudal soñado,
y resígnese, y no olvide
la lección.
LEONOR
El nada pide,
nada, ¿qué te has figurado?
El tiene más corazón
que tú, y piensa de otro modo,
¿entiendes? y, sobre todo,
tiene más educación.
Pero al fin llega un momento
en que el mejor educado
no se calla...
CARLOS
(¡Me han fumado!)
LEONOR
Y vas a quedar contento,
Vas a oír. Háblale, Alejo,
como él lo merece, claro
y sin vueltas; ya el reparo
es inútil.
ELIAS
(¡Y que el viejo nos embrome!...)
(El y CARLOS se han separado del grupo, y se mantienen cavilosos en el fondo. ALEJO mira al suelo y medita.)
LEONOR
(A ALEJO.)
¡Dile!
ALEJO
(Levantando la cabeza con disgusto.)
¿Yo?
¿para qué?
LEONOR
Soy tu mujer...
Hazle sentir, hazle ver
que sólo el cariño...
ALEJO
(Con desaliento.)
No.
Sería indigno de mí
defender mis sentimientos...
(Ay, Señor, qué malos vientos
me trajeron por aquí!)
Que crea que piense mal;
mi conciencia...
PASCUAL
Tiene cara
de eso.
ALEJO
(¡Si al menos llevara
la otra!)
(Mirando de reojo a ROSA.)
LEONOR
(Furiosa.)
Mira, Pascual,
si por propia dignidad
él no quiere defenderse,
porque sería ponerse
al nivel de tu ruindad,
yo te digo por los dos
que por grosero y por necio
sólo mereces desprecio.
DON PEDRO
¡Hija!
LEONOR
¡Pronto!, vámonos.
(Toma el brazo de ALEJO y le arrastra hacia el fondo, y ya en la puerta, se vuelve por última vez.)
Adiós, padre; adiós, abuelo;
será hasta que Dios lo quiera.
(Vase rápidamente con su marido.)
Escena 8: Pascual, Don Lorenzo, Don Pedro, Elías, Carlos y Rosa
ROSA
¡No me ha mirado siquiera,
qué mala!
PASCUAL
El va de duelo,
y ella... En fin, es el castigo;
no puede darse una pena
más dura que la cadena
que los dos llevan consigo.
DON PEDRO
¡Pobre mi hija!, ¡lo que tiene
que sufrir!
DON LORENZO
¡Eh! no hay que hacer...
PASCUAL
(A ELIAS y CARLOS.)
¿Y ustedes? vamos a ver,
¿qué esperan?, ¿qué los detiene?
¿no van con ellos?
ELIAS
Sí, sí...
es que nos han aturdido
con la discusión.
PASCUAL
¿O ha sido
el desengaño?
CARLOS
Por mí...
¡qué ocurrencia!, ni que fuera
uno...
ELIAS
(Disgustado.)
Deja. Vamos, Carlos,
tenemos que acompañarlos.
CARLOS
Claro: por cumplir siquiera.
(Se dirigen al fondo tristemente.)
PASCUAL
(Yendo tras ellos.)
Tengo que advertirles esto
a los dos: desde mañana,
aquí cada cual se gana
la vida; yo lo he dispuesto.
Y espero que no lo tomen
a mal, es bueno que acaben
las holganzas. Ya lo saben:
si no trabajan, no comen.
(Vuelve a su sitio. DON PEDRO y DON LORENZO contemplan la escena suspirando. CARLOS y ELIAS se van por el fondo discutiendo entre sí con grandes ademanes de indignación y protesta.)
Escena 9: Pascual, Don Lorenzo, Don Pedro y Rosa
DON LORENZO
Lo merecen, sí.
PASCUAL
Muy caro
les va a costar lo que han hecho.
DON PEDRO
¡Bien lo sienten!
ELIAS
(Dentro, gritando.)
No hay derecho.
CARLOS
(Lo mismo.)
Es claro.
ELIAS
(Lo mismo.)
¡El no manda!
CARLOS
(Lo mismo.)
¡Claro!
DON PEDRO
(Con inquietud.)
¿Qué dicen?
PASCUAL
Van disputando...
el golpe ha sido tremendo.
(Con súbito abatimiento.)
Padre, yo me estoy riendo,
y debiera estar llorando.
Esto ya no tiene vuelta;
todo lo que hoy ha pasado,
es el hogar destrozado,
es la familia disuelta.
¡Cómo ha de ser!
(Oyese el ruido de los coches que parten. DON PEDRO se enjuga los ojos en silencio. ROSA corre a la ventana y la entreabre para verlos.)
Bueno, ahora
a descansar: es preciso.
DON LORENZO
Pues, hico, con tu permiso,
voy a dormir.
PASCUAL
(Observando a su padre.)
¿Por qué llora?
Nos queda la más querida,
Rosa, que es nuestro consuelo.
DON PEDRO
¡Es verdad!
PASCUAL
Vayan, abuelo,
vayan que yo iré en seguida.
(Vanse DON LORENZO y DON PEDRO por la derecha.)
Escena 10: Pascual y Rosa
PASCUAL
Rosa, cierra esa ventana,
y escúchame.
(ROSA obedece.)
No es la hora
muy a propósito, pero
¿qué quieres?
ROSA
Tiempo me sobra
para dormir; habla.
PASCUAL
El caso
es que para hablarte a solas,
no he tenido hoy un momento
con los lances de la boda.
Quiero soltar de una vez
este peso que me ahoga.
ROSA
Habla, Pascual.
PASCUAL
Hoy es día,
para mí, de ver las cosas,
como las ve el pensamiento
que está lleno de zozobras.
Tal vez te ofendan mis dudas,
pero ante mí se amontonan
tantas visiones sombrías
y sufro penas tan hondas,
que bien pueden disculparse
las sospechas que me acosan.
ROSA
¡Sospechas!, ¿de quién?, ¿de mí?
PASCUAL
De ti, sí, Rosa, y perdona
si hiero tus sentimientos
y te hago sufrir.
ROSA
No importa,
dime lo que quieras.
PASCUAL
¿Nada
me ocultarás?
ROSA
Nada: ahora
menos que nunca.
PASCUAL
Pues bien:
¿por qué de una vez no arrojas
de tu alma, esa tristeza
incesante que te agobia?
Cuando en la casa te miro
vagando como una sombra,
siempre humilde y resignada,
solitaria y silenciosa,
sin que pueda remediarlo
me asaltan ideas locas.
Me figuro que el pasado
se levanta en tu memoria,
que suspiras por la ausencia
del autor de tu deshonra.
(Exaltándose.)
que lo quieres todavía...
que no es cierto que esté rota
la cadena que te ataba
al infame... ¡que aún lloras
por él, y que si viniera,
irías como una tonta
a vivir envilecida
otra vez!
ROSA
(Con energía.)
¡No! Te equivocas.
Eso que piensas de mí,
no es verdad. La pobre Rosa
de otros días, la ignorante,
la inocente soñadora,
ésa, Pascual, ya no existe;
no lo creas, no estoy loca.
Yo no puedo amar a ese hombre,
que ha destruído una tras otra
mis ilusiones de niña
con su vida licenciosa
para abandonarme luego
como un juguete que estorba.
Sería ya no tener
vergüenza. Lo que desdora,
lo que afrenta, no se olvida
jamás, por lo que abochorna,
pero una cosa es la mancha
de infamia, que no se borra,
y otra cosa es el amor,
que muere cuando se enloda.
PASCUAL
Y entonces, ¿por qué estás triste?
¿por qué en silencio te gozas
en sufrir? ¿por qué no vences
esa pena que devora
tu juventud? Con veinte años,
como tú, no se abandona
una mujer, ni se entrega
al desaliento. Las hojas
que caen del árbol marchitas,
cuando la helada las toca,
sobre la rama desnuda,
cada año de nuevo brotan.
¿Por qué el corazón sería
menos que el árbol? Por honda
que sea la herida abierta,
el corazón no se agota,
y surge tarde o temprano
la vida de que rebosa,
y un nuevo amor se levanta
con fuerza avasalladora,
y otra ilusión tiende al viento
sus alas de mariposa.
Si no te liga al pasado
nada ya, ¿por qué te inmolas?
ROSA
Padecer es mi destino;
¿qué quieres que te responda?
Fui mala, y estoy pagando
mi deuda.
PASCUAL
Mi pobre Rosa,
con sacrificios inútiles
la vida no se conforma.
Tú puedes ser todavía
feliz, llamarte la esposa
de un hombre honrado que tenga
ambición para ti sola.
Alguien hay cerca de ti
que otra dicha no ambiciona...
Manuel te quiere.
ROSA
(Con un estremecimiento.)
¡Manuel!
(Una pausa; luego con tristeza y suspirando.)
Yo no puedo ser dichosa.
(MANUEL empuja la puerta del fondo y sale a la escena. ROSA se retira a la izquierda.)
Escena 11: Pascual, Rosa y Manuel
PASCUAL
(Saliéndole al encuentro.)
¿Nada has visto?
MANUEL
No, señor.
(Mirando a ROSA con inquietud.)
Pero me han dicho...
PASCUAL
No importa
que ella lo sepa.
MANUEL
Me han dicho
los cocheros, una cosa
que me ha dejao cavilando.
Allá en el bajo, ande dobla
el camino, y junto a un cerco
muy tupido que hace sombra,
han visto un coche parao
y sin luces. Con la historia
del apuro que tenían
por llegar, pusieron poca
atención; pero uno de ellos
alcanzó a ver dos personas
que corriendo se escondían
atrás del coche.
PASCUAL
¿Oyes, Rosa?
ROSA
Sí, Pascual.
PASCUAL
¿Y si viniera?
ROSA
¿Quién?
PASCUAL
Ese hombre. Acaso forja
mi imaginación peligros
que no existen, pero ¿ignoras
lo que pasa?
ROSA
No sé nada.
PASCUAL
Una mano misteriosa
ha envenenado los perros
esta noche. Los que roban,
los que asaltan se abren paso
suprimiendo lo que estorba.
¿Quién nos dice que él no ha sido?
¿que esta maldad no es la obra
de la traición que prepara
su camino? Esta es la hora
de la soledad tranquila
en que los cuerpos reposan
fatigados del trabajo
que ha empezado con la aurora.
¿Qué mejor para sorpresas?
No hay nada que se le oponga;
los pobres perros no pueden
dar la alarma acusadora.
MANUEL
Es la verdad: bien pudiera...
PASCUAL
Además, cree que estás pronta
a seguirle, si él lo manda
y que le basta y le sobra
con querer, para imponerte,
su voluntad caprichosa.
ROSA
(Estremecida.)
¡Oh! si viniera...
PASCUAL
Ya ves
que es posible. A mí me toca
velar a todos el sueño:
tú velarás por la honra.
(Se dirige a la derecha. ROSA le detiene.)
ROSA
Pascual, ¿dudas todavía,
no es verdad? Por la memoria
de mi madre, te lo juro;
si ese hombre viene, si logra
llegar hasta mí y no tengo
a nadie que me socorra,
tendrá que llevarme muerta;
viva, ¡nunca! ¡ni a la gloria!
¿Y sabes por qué, Pascual?
Porque hay un abismo ahora
entre él y yo; porque he dado
a otro amor el alma toda,
y sería muy infame,
o tendría que estar loca,
si al amor que regenera
prefiriese el que deshonra.
PASCUAL
(Con alegría.)
¿Quieres a otro? ¿me has dicho
que quieres a otro, Rosa?
ROSA
(Resueltamente.)
Sí, Pascual.
PASCUAL
¿A Manuel?
ROSA
Sí.
PASCUAL
¡Gracias a Dios! Eso borra
de mi espíritu angustiado
la última duda. No invoca
el recuerdo de una madre,
ni se ampara con su sombra,
sino un amor noble y puro.
La elección que has hecho colma
mis esperanzas. Que venga
ese hombre. Te dejo sola
con Manuel. No hay en el mundo
otro hombre, que yo conozca,
más digno de ti; y el hielo
es preciso que se rompa.
(Vase por la derecha. ROSA y MANUEL turbados e inquietos, se mantienen lejos el uno del otro, sin atreverse a mirarse.)
Escena 12: Rosa y Manuel
MANUEL
(Con timidez.)
¿Es verdad?
ROSA
Ya lo has oído.
Yo no sé con qué derecho
puedo amar... pero en mi pecho
un nuevo amor ha nacido.
(Se van aproximando el uno al otro.)
Mi corazón no ha podido
callar más, ¿y a qué ocultarlo?
No es delito confesarlo,
y tengo, en caso de serlo,
a ti para comprenderlo,
y a Dios para perdonarlo.
MANUEL
¿Usté... me quiere?
ROSA
Aquel día
que a mi padre me trajiste,
y vi en tu mirada triste
la pena que yo sentía,
te entraste en el alma mía
tan de golpe, que olvidada
de mi desdicha pasada,
llegué a creer que en el camino
la sombra de mi destino
se iba quedando borrada.
Desde entonces he vivido
llorando el mal sin remedio,
que no nos deja otro medio,
que la ausencia y el olvido,
para salvar redimido,
y puro y digno siquiera,
este amor que nada espera,
y a nada puede aspirar,
como no sea a llenar
de ilusión la vida entera.
Muy tarde se ha revelado,
por desgracia, tu cariño.
MANUEL
Yo la quise desde niño...
(Trémulo de emoción.)
¡siempre! ¡siempre!
ROSA
¡Y lo has callado!
Tu amor me hubiera salvado,
como el otro me ha perdido,
que el amor que no hace el nido
mirando al hogar paterno,
sólo deja llanto eterno
cuando se ha desvanecido.
MANUEL
Me callé, porque tenía
miedo de espantar mi sueño;
yo no podía ser dueño
de prenda de su valía.
En sueños, la fantasía
se sube al cielo, y lo toca;
pero la esperanza loca
que siente su presunción,
no sale del corazón
para asomarse a la boca.
¿Qué era yo, pobre ignorante,
sin familia ni apellido
para aspirar, atrevido,
a su cariño de amante?
La miraba tan distante
de mi pasión desdichada,
que no podía hallar nada,
en mis ansias de ternura,
que me subiese a la altura
donde estaba colocada.
Después... ¡lo quiso la suerte!
con rabia de mi impotencia
lloré el dolor de la ausencia,
"¡Quiera Dios que no despierte!",
cada noche me decía,
y cuando apuntaba el día,
la luz me desesperaba,
porque la luz me alumbraba
el alma en que usted vivía.
Una y mil veces bendigo
su desgracia y mi tormento,
que han mezclado el sufrimiento
para juntarla conmigo.
Como a mi Dios se lo digo,
hoy que puedo merecerla:
yo nací para quererla,
para usté sola. Privao
de madre, tengo sobrao
corazón ande ponerla.
ROSA
¡Ay! ¡ |