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Fundación Roberto Noble

     
    Fausto / 1866
Impresiones del gaucho Anastasio el Pollo en la representación de esta ópera

Estanislao del Campo (1834-1880)
Fuente: Primera edición, Buenos Aires, "Imprenta Buenos Aires", Calle de Moreno, frente a la casa de Gobierno, 1866.

 
 

VI

-¡Pobre rubia! Vea usté
cuánto ha venido a sufrir:
se le podía decir
¡quién te vido y quién te ve!

-Ansí es el mundo, amigaso:
nada dura, Don Laguna,
hoy nos ríe la fortuna,
mañana nos da un guascaso.

Las hembras, en mi opinión,
train un destino más fiero,
y si quiere, compañero,
le haré una comparación.

Nace una flor en el suelo,
una delicia es cada hoja,
y hasta el rocío la moja
como un bautismo del cielo.

Allí está ufana la flor
linda, fresca y olorosa:
a ella va la mariposa,
a ella vuela el picaflor.

Hasta el viento pasajero
se prenda al verla tan bella,
y no pasa por sobre ella
sin darle un beso primero.

¡Lástima causa esa flor
al verla tan consentida!
Cree que es tan larga su vida
como fragante su olor.

Nunca vio el rayo que raja
a la renegrida nube,
ni ve al gusano que sube,
ni al fuego del sol que baja.

Ningún temor en el seno
de la pobrecita cabe,
pues que se amaca, no sabe,
entre el fuego y el veneno.

Sus tiernas hojas despliega
sin la menor desconfianza,
y el gusano ya la alcanza...
y el sol de las doce llega...

Se va el sol abrasador,
pasa a otra planta el gusano,
y la tarde... encuentra, hermano,
el cadáver de la flor.

Piense en la rubia cuñao,
cuando entre flores vivía,
y diga si presumía
destino tan desgraciao.

Usté que es alcanzador
afíjesé en su memoria,
y diga: ¿es igual la historia
de la rubia y de la flor?

-Se me hace tan parecida
que ya más no puede ser.
-Y hay más: le falta que ver
a la rubia en la crujida.

-¿Qué me cuenta? ¡Desdichada!
-Por última vez se alzó
el lienzo, y apareció
en la cárcel encerrada.

-¿Sabe que yo no colijo
el porqué de la prisión?
-Tanto penar, la razón
se le jué, y lo mató al hijo.

Ya la habían sentenciao
a muerte, a la pobrecita,
y en una negra camita
dormía un sueño alterao.

Ya redoblaba el tambor,
y el cuadro ajuera formaban,
cuando al calabozo entraban
el Demonio y el Dotor.

-¡Véanló al Diablo si larga
sus presas así no más!
¿A que anduvo Satanás
hasta oír sonar la descarga?

-Esta vez se le chingó
el cuete, y ya lo verá...
-Priéndalé al cuento que ya
no lo vuelvo a atajar yo.

-Al dentrar hicieron ruido,
creo que con los cerrojos;
abrió la rubia los ojos
y allí contra ella los vido.

La infeliz ya trastornada,
a causa de tanta herida,
se encontraba en la crujida
sin darse cuenta de nada.

Al ver venir el Dotor,
ya comenzó a disvariar,
y hasta le quiso cantar
unas décimas de amor.

La pobrecita soñaba
con sus antiguos amores,
y creia mirar sus flores
en los fierros que miraba.

Ella creia que como antes,
al dir a regar su güerta,
se encontraría en la puerta
una caja con diamantes.

Sin ver que en su situación
la caja que la esperaba
era la que redoblaba
antes de la ejecución.

Redepente se afijó
en la cara de Luzbel:
sin duda al malo vio en él,
porque allí muerta cayó.

Don Fausto al ver tal desgracia
de rodillas cayó al suelo,
y dentró a pedir al cielo
la recibiese en su gracia.

Allí el hombre arrepentido
de tanto mal que había hecho,
se daba golpes de pecho
y lagrimiaba aflijido.

En dos pedazos se abrió
la paré de la crujida,
y no es cosa de esta vida
lo que allí se apareció.

Y no crea que es historia:
yo vi entre una nubecita,
la alma de la rubiecita
que se subía a la gloria.

San Miguel, en la ocasión,
vino entre nubes bajando
con su escudo, y revoliando
un sable tirabuzón.

Pero el Diablo, que miró
el sable aquel y el escudo,
lo mesmito que un peludo
bajo la tierra ganó.

Cayó el lienzo finalmente
y ahi tiene el cuento contao...
-Prieste el pañuelo cuñao:
me está sudando la frente.

Lo que almiro es su firmeza
al ver esas brujerías.
-He andao cuatro o cinco días
atacao de la cabeza.

-Ya es güeno dir ensillando...
-Tome ese último traguito
y eche el frasco a ese pocito
para que quede boyando.

Cuando los dos acabaron
de ensillar sus parejeros,
como güenos compañeros,
juntos al trote agarraron.
En una fonda se apiaron
y pidieron de cenar:
cuando ya iban a acabar,
Don Laguna sacó un rollo
diciendo: "El gasto del Pollo
de aquí se lo han de cobrar".

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