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Marcos Aguinis * |
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La invitación a escribirle una carta a los argentinos del futuro me recuerda otra oportunidad en la que me propusieron redactar una serie de consejos a los jóvenes. Quedé perplejo. ¿Yo, darles consejos a los jóvenes? Los que protagonizamos el siglo que se va no tenemos autoridad para semejante tarea. Hemos cometido infinitas barbaridades: inventamos los refugiados de guerras, creamos los campos de concentración y los hornos crematorios, entronizamos totalitarismos salvajes, cometimos genocidios abismales, produjimos armas de destrucción masiva, arruinamos el planeta, generamos una exclusión social sin paralelo, agotamos el tiempo de las utopías. En pocas palabras, penetramos al galope en las cavernas del horror. Con estos antecedentes, ¿podemos dar consejos? No. Sólo pedir que se analice con cuidado nuestra trayectoria para que las durísimas experiencias vividas sirvan en el futuro. El siglo XX ha sido muy cruel. La lista atroz no se reduce, por cierto, a los pocos señalamientos que acabo de efectuar. Y nos hacen bajar los ojos de vergüenza. "El siglo veinte es un despliegue de maldad insolente,/ ya no hay quien los niegue./ Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos", decía Cambalache antes aún de que estallase la Segunda Guerra Mundial. ¡Qué hubiera expresado después! Pero en esta Carta debemos ser objetivos, por lo menos en la medida que nos permitan el cerebro y el corazón. Los aspectos negativos son abrumadores, pero no son los únicos. Contra ellos han luchado heroicamente hombres y mujeres imbuidos de ideales altruistas. Aunque no tenemos autoridad para el consejo, debemos pedir que se tengan en cuenta irrefutables conquistas. Tampoco en su enumeración puedo ser exhaustivo. En primer lugar, señalo la emancipación femenina. Esta revolución ha sido una de las pocas exitosas del milenio, aunque todavía no ha culminado. El severo prejuicio discriminatorio que se ejercía contra la mitad del género humano hace agua en casi todo Occidente y comienza su cuenta regresiva en el resto del mundo. Junto a la caída de este oprobio han empezado a desmoronarse muchos otros: la discriminación racial, religiosa, étnica e ideológica. Pese a que el nuevo siglo deberá proseguir su lucha contra vastos bolsones reaccionarios, nunca el género humano había alcanzado tan alto nivel de conciencia sobre el absurdo de su prédica. Marginar por razones de diferencia ya produce chirridos a todo nivel. Y esto es muy bueno. Hasta comienzos del siglo XX ser pacifista era un baldón. Quienes se oponían a la guerra cargaban epítetos fulminantes: traidores a la patria y cobardes era lo menos que se les endilgaba. Hoy en día, esa situación dio un giro copernicano: ser pacifista y luchar por la paz es una virtud celebrada por todo ser que goza de sentido común. En este siglo "problemático y febril" se han logrado avances médicos sin precedentes. El progreso de la anestesia y de la cirugía ha permitido corregir desperfectos corporales con una audacia que hubiera parecido inverosímil ficción. Los antibióticos acotaron la principal causa de muerte que amenazaba al género humano. Los avances de la psicología penetraron en el laberinto de la mente. En menos de una centuria, ¡se duplicó el promedio de vida! Han surgido organismos internacionales que aspiran a regular los defectos y evitar las catástrofes de ciertas conductas colectivas. Por primera vez en la historia existen foros estables donde se pueden sentar a negociar políticos y técnicos de todo el orbe para resolver los problemas de millones. Si bien esos organismos revelan insuficiencias y errores, por lo menos existen y han acumulado experiencia. Depende de los protagonistas que vienen cuánto beneficio se les podrá extraer. Para destacar su importancia, sólo pido que nos imaginemos un mundo sin Naciones Unidas, sin Organización Mundial de la Salud, sin las organizaciones que defienden los derechos humanos, sin las demás organizaciones mundiales y regionales que discuten, piensan, disuaden, ayudan. El universo estaría muy desamparado, de veras. Y mucho peor. En síntesis, el balance no me autoriza a dar consejos, pero sí a solicitar que se termine de abolir lo malo que arrastramos o produjimos, y se perfeccione y multiplique lo bueno que surgió y queda. El siglo XXI deberá ser mejor que el XX. No depende de la "buena suerte", depende de los hombres y mujeres dotados de coraje.
* Escritor. Es autor, entre otros libros, de La cruz invertida y La matriz del infierno.
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